“La
historia no es el pasado como tal, sino aquello que el conocimiento histórico
ha abarcado de él: lo que pesca la red del historiador.”[1]
No suele resultar demasiado común observar la
historia como una disciplina que puede prestarse a revisiones y modificaciones,
sino que generalmente la concebimos como algo cerrado, inamovible. Cualquier
libro de historia está escrito por una persona que expresa y vierte en él su
conocimiento, sus investigaciones, su estilo, pero también su punto de vista,
su visión más o menos objetiva de lo que está contando, con lo que un mismo
hecho lo podemos encontrar reflejado de formas diversas.
El historiador se sirve de unas fuentes, las que
dispone, las que escoge, pero no son todas las existentes, ni por supuesto
tampoco todas ellas abarcan toda la
realidad. Por todo esto resulta fundamental para el conocimiento de nuestro
pasado –y también presente– por una parte, el acceso a los documentos
primarios, y por otra parte, la confección de pequeños estudios –aunque sean
solamente de interés local– que puedan servir para la elaboración de estudios
más generales, en definitiva, materiales ambos que puedan caer en las redes
de los historiadores.
Entre los documentos que duermen en los archivos
encontramos la figura de Juan Buada, un músico de Ademuz que ejerció en
monasterio de San Miguel de los Reyes de Valencia en el siglo XVIII y del cual
no se tenía ninguna noticia hasta el momento.
San Miguel de los Reyes fue fundado en el siglo XVI
por el duque de Calabria sobre un monasterio anterior de la Orden del Cister,
convirtiéndose en una de las principales construcciones del Renacimiento
valenciano. Perteneció a la Orden de los Jerónimos hasta las desamortizaciones
del primer tercio del siglo XIX cuando es vendido a un particular con la
intención de ser derruido. Salvado de la demolición, se utilizará como prisión
hasta 1966 siendo finalmente restaurado
para ser la sede –desde el año 2000– de la Biblioteca Valenciana.
La Orden de los Jerónimos fue creada en el siglo XIV,
con origen un tanto difuso al no ser fundada por un santo, y perduró hasta 1835
en que se desamortizan un total de 46 monasterios y a sus 1001 moradores. Entre
estos monasterios destacan por ejemplo el de El Escorial (Madrid) o Guadalupe
(Cáceres), y en tierras valencianas San Jerónimo de Cotalba (Alfahuir), de
propiedad particular actualmente, o el de La Murta (Alzira), del cual solamente
podemos contemplar sus ruinas.
La presencia de la música en los monasterios jerónimos fue muy
notable desde sus inicios. Ya en las
primeras Constituciones conocidas de la orden de San Jerónimo de 1415 se dice
“que el oficio divinal sea dicho por los frayles en el choro cantando o leyendo
spaciosamente”. Por citar otro ejemplo de distinta procedencia, el escritor
valenciano Vicente Blasco Ibáñez, en su novela La Catedral, publicada en 1903, escribe que "Los jerónimos
fueron los grandes músicos de la iglesia. [...] Parece que cada orden religiosa
se dedicaba en sus buenos tiempos a una especialidad […], y los jerónimos
estudiaban siete años de música, dedicándose cada uno al instrumento de su
preferencia.”
Así, a cualquier persona que deseara ingresar en un
monasterio jerónimo se le exigían determinadas cualidades musicales además de
las morales, intelectuales, de salud o de limpieza de sangre: "Después que
los diputados huvieren infirmado al capítulo de la suficiencia de latinidad,
mandará el prior, que informe el corrector mayor del canto, de la suficiencia,
que hubiere hallado en el pretendiente en el canto llano y la calidad de su
voz, y la entereza de su vista, por ser estas tres cosas tan essenciales para
nuestro principal instituto".[2] La “entereza de su vista”
lógicamente para leer los libros de canto colocados en el facistol desde las
sillas del coro.
Dentro de la orden jerónima los monjes músicos
conformaban un colectivo un tanto particular, tratándoles en ocasiones de
manera especial, por ejemplo, se les admitirá "Si el pretendiente no está
capaz en la lengua latina, y tiene otra habilidad importante para el coro, como
es grande organista, arpista, maestro de capilla, buena voz, con inteligencia
de la música o de algún otro instrumento con que pueda servir a la comunidad”.[3]
En el caso concreto de San Miguel de los Reyes, se
conservan actualmente 69 cantorales de canto llano de este monasterio en la
Catedral de Valencia, además de los interesantes inventarios relativos a los
instrumentos que donó el duque de Calabria para la fundación de San Miguel de los
Reyes.
Juan Buada aparece en una serie de documentos que se
conservan en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, siempre citado de manera
breve, pero en una de las ocasiones se habla de él de forma más extensa,
aproximadamente a lo largo de una página. Es aquí donde encontramos información
de interés sobre su persona. Información sobre su familia, quienes fueron sus
padres, Francisco Buada y Generosa Valentín, ambos de Ademuz, o relativa a su
hermano, barbero en Valencia, y a dos sobrinos dedicados a la vida religiosa,
Joaquín y Mariano Pérez, hijos de una hermana. También información más curiosa
e intrascendente relativa a sus dedicaciones y a su carácter, como su
puntualidad o que fue hornero durante mucho tiempo. Se nos indica la fecha en
la que recibió el hábito de donado, 1715, y la de su fallecimiento en el mismo
monasterio 1759, pero nada sabemos sobre
la fecha exacta de su nacimiento.
Aparte de las funciones propias del monasterio que se
nos desccriben, en el terreno
musical tocaba el bajón, un instrumento similar al fagot, de lengüeta doble, en
tiempos de Buada sin sistema de llaves como el de los instrumentos de viento
madera actuales. Con él “iba al coro a tomar puesto, se ponía en las sillas
altas de la parte del órgano y a los salmos tocaba el fabordón”, que no era
otro instrumento sino una práctica musical habitual que se realizaba sobre el
canto llano. El instrumento podía ser
propiedad del músico o del monasterio. En San Miguel de los Reyes existe
documentación por la compra de bajones incluso de cañas para los mismos.
Hemos de tener en cuenta que hasta la aparición de
los conservatorios en la segunda mitad del siglo XIX –que coincide con las
desamortizaciones previas y las consecuentes crisis en las capillas– la
enseñanza de la música se llevaba a cabo en las capillas musicales. La máxima
figura era el maestro de capilla, encargado dirigirla, de componer música nueva
para cada celebración, de instruir a los niños –denominados infantillos– o de
velar por el archivo entre otras funciones. Cualquier monasterio, iglesia,
catedral... podía disponer de coro y de órgano pero no necesariamente de
capilla. En San Miguel de los Reyes sí que se tiene constancia de que existía
en tiempos de Buada pero no durante otros períodos.
El coro era la base de la capilla –se interpretaba
lógicamente música vocal religiosa– el cual estaba regido por el sochantre, y
en los monasterios jerónimos el corrector de canto era el cargo de similares
características que incluso llegaba a ser más importante que el de maestro de
capilla. El organista se encargaba también de la limpieza y afinación órgano y
en algunos casos de enseñar música. Según época histórica, disponibilidad
económica, importancia de la capilla, etc. ésta estaba compuesta de más o menos
instrumentos denominados ministriles, pudiendo incluso proceder algunos de
ellos de fuera del ámbito de la misma capilla.
El predominio de los instrumentos viento en las
capillas es muy evidente frente al poco uso de los instrumentos de cuerda
frotada al menos hasta finales del siglo XVIII. Entre estos instrumentos de
viento el bajón era el de uso más frecuente ya desde el Renacimiento por estar
destinado a doblar la línea del bajo en la polifonía o a reforzar el mismo
canto llano, la música de uso diario en el ámbito religioso. En el siglo XVII
el fagot, su sucesor natural, lo fue reemplazando, aunque en el terreno de la
música religiosa hispánica perduró (la Real Academia Española de la lengua
incorporó el término fagot en 1843).
El texto íntegro (actualizado ortográficamente) que
nos habla de Juan Buada en el códice 523 del Archivo Histórico Nacional de
Madrid es el siguiente:
"El
hermano Juan Buada fue natural de la villa de Ademuz, obispado de Segorbe, en
el Reino de Valencia, hijo de Francisco Buada y de Generosa Valentín, naturales
de dicha villa. Entró a servir en esta casa y tuvo el empleo de triguero, y
ganaba 15 libras de soldada. Recibió el hábito de donado día 13 de febrero de
1715 y consta, cómo en 11 de abril de 1717 fue propuesto para la última
recepción para la profesión el hermano Juan del Orno, que tenía dos años de
novicio, y fue votado por votos secretos, y fue admitido. Hizo su profesión día
3 de mayo de 1717 siendo prior el padre maestro fray Juan Galiano. Fue muchos
años hornero, y los días de horno era muy puntual en que los padres sacerdotes
tuviesen pan blando para tomar chocolate luego que acababan de decir misa, en
esto, y en ir al coro a tocar los fabordones con el bajón no hacía falta, aprendió
un poco de bajón, y se quedó corto, pero era gusto ver que luego que hacían
señal para vísperas se ponía su capa, y el bajón bajo el brazo, y se encaminaba
al coro, ya se sabía, que al subir la escalera del presbiterio había de probar
el bajón, echaba cuatro puntos, y se iba al coro a tomar puesto, se ponía en
las sillas altas de la parte del órgano y a los salmos tocaba el fabordón, a
esto se reducía su habilidad, y quedaba muy contento de servir en esto a la
comunidad. En su celda por maravilla entraba ninguno, no gustaba que nadie
fuese a estorbarle, ni que le visitasen. Tuvo un hermano, barbero en Valencia
llamado Pedro Buada y dos sobrinos carnales hijos de una hermana, el uno el
padre fray Joaquín Pérez, dominico, que murió en el Convento del Pilar de
Valencia con grande opinión de santidad, y el otro el hermano donado Mariano
Pérez, donado de esta casa. Finalmente llegó el día de su muerte que fue en
esta casa año 1759".
Joan
B. Boïls
[1] Dahlhaus,
Carl: Fundamentos de historia de la
música, Barcelona, Gedisa, 1997 primera edición en alemán, 1977.
[2] Constituciones de 1716. En las Constituciones
de 1731 se expresa en términos muy similares, añadiendo al final que “si a
juicio de éstos no estuviere capaz, y suficiente en todas las dichas cosas, se
le despida".